SUPERÁVIT.

jueves, 22 de enero de 2015

Hola. Hay gente en Valencia en torno a los veinticinco años de edad que está haciendo fanzines de cómic que me gustan. Os diré cuatro títulos: Obscuro, Canicas, Cuellos altos de pana tejana y El Alemán. Simpatizo con ellos por diferentes razones que pensaba pormenorizar, pero ésta web la leéis aquí y allá y escribir reseñas no sirve de casi nada a causa de la endémica, precaria y/o nula distribución nacional e internacional de lo autoeditado. En éstas y pese a todo, de los autores de estos títulos encontrareis algunas lecturas en tumblr si googleais los nombres de, por ejemplo Ernest Graves, Pau Ferrando (Ferro), Raff Feijóo o Cesar Sebastián. 

Iba a escribir porqué sí, qué no y qué entiendo cuando lo que leo me acierta. Pero no. Volantazo y me voy por la tangente. El punto de partida es la autoedición que conozco, sin particularidades, y más que detallar estéticas sobre lo que leo o valorar mi entorno, procuraré ponerle un espejo al común denominador que percibo más allá de cualquier fanzine. El laboratorio soy yo y el sentido común.

Todas las editoriales españolas, corrígeme, vienen del superávit económico de otra empresa. El arte es deficitario y el arte excelso, útil e iniciatico está contraindicado aunque el mundo entero tenga pequeños arsenales suyos en muchísimos rincones. Ya debes saber que cubiertos los mínimos, a menudo, el soporte en sí mismo es prescindible. Si no, seguro intuyes que algunos títulos son puro trance o una guía formidable. Para las evidencias que señalan suscribo aquello del “léete un puto libro” que un buen amigo me espetó a tiempo desde detrás del mostrador de la tienda de cómics en la que trabajaba. Si afilo el hacha recuerdo que entre otros historietistas, muy pocos más, Schulz en Penauts hizo cómic inmortal durante tres o cuatro años seguidos, a diario, a finales de los 60’s. 


Las artes de los autores universales se envían en sondas al espacio y se divulgan desde el éxito incontestable, ya sabes, pero sus autores, la mayoría de ellos, fueron rentistas, cuando no abollados hasta el desastre. De éstas aristocracias espirituales históricas, en el envés, sólo sé de Víctor Hugo que se casó, crió a dos hijos y su vida no fue un infierno. Víctor Hugo. Poca broma. No hago uso ni abuso del mito porque en todos sitios cuecen habas, en todos los oficios hay un poco de todo, quiero decir, y de lo que menos me fío hoy por hoy es de ciertas arengas exaltadas y polarizadas indistintamente de quien las empuñe. Si bien, para montar una Pyme (Pequeña Y Mediana Empresa) necesitas ahorros. Punto. Montártelo autoeditando no es otra cosa que una Pyme y si abres un bar tienes que currar lo mismo cocinando y poniendo cafés. Intento cierto análisis y me viene a la cabeza Gertrude Stein comprándole obra a un Picasso muy joven, a los surrealistas y puliéndole el estilo a Hemingway desde el criterio, pero hoy, seguro, sin mito que valga y desde lo pedestre le propongo al por mayor que “Si eso que haces tan bien es consecuencia de alguna bonanza siquiera remota, procura desenmascararte frente a quien te respeta”. Puede que mi solicitud sea un disparate y baladí, pero muchas personas se creen la mentira sostenida del éxito relativo aunque, exponencialmente y sin mermar el resultado, mucha más gente sea pura inquisición voraz. Desde donde estoy sé que el éxito relativo tiene un envés verosímil y satisfactorio, pero no sirve de nada. Por último, acerca de los adversarios del oficio artístico me explicó Luís Núñez de Castro, también historietista y autoeditor, que “hay muchísima gente que juzga de muy caprichoso y completamente prescindible el precario camino profesional de cualquier grafista pero después, es así, a cada nuevo FIFA la flipa”.

He visto a editores correr al aseo a noselqué, créeme, cuando tocaba explicarle al público el negocio en una mesa redonda. En este texto, por pedir, estoy pidiendo cierta sinceridad más allá de la coartada antisistema o del cinismo moderado; mucho más allá del circuito que nos corresponde bien seamos hosteleros, restauradores, funcionarios, fanzineros, mecánicos, músicos de cámara o etcétera. Locales, nacionales o internacionales. Ojalá (pero no) y los más profesionales de cualquier oficio se bajaran de todas las burras. Ojala (pero no) y hubiera cierta ética en común. No sé si hay necesidad, pero nadie se atreve a decirle a, por ejemplo, su tía más prescindible (en cuanto a que ella tampoco lo hace) que la propia familia directa, la inmediata, está de acuerdo en pagar los trescientos euros mensuales de autónomos, si hay que hacerlo, de tanto que ve pelear a diario y sufrir a cambio de casi nada a uno de los suyos. Me proyecto en esta propuesta, me calculo el cabreo y me hago un nudo. Cualquier respuesta, excepto aquella comprensiva desde afecto incondicional, no hay donde encajarla. A esto hay que sumarle que todos jugamos a petarla muy, pero que muy duro, del verbo triunfar, y a cada caso cualquiera le tiene un pánico desproporcionado al fracaso; desproporcionado o al menos simétrico al éxito que proyecta. Le leí a David Ruiz en su blog que lo que nos hunde es el oprobio. Tan sólo su sombra es suficiente. Tenemos muy poco y lo exhibimos envuelto en humo. En un pedo. Todos parecen surfear la ola, a cualquiera le va mejor que a ti y nadie hace ningún ridículo a no ser que se haya puesto hasta las cencerretas el día anterior y esté pasando la resaca contigo. Puedes comprobarlo, en la mayoría de audiovisuales de cualquier sarao hasta el aburrimiento es vistoso. También le oi decir a una estrella local del pop mucho antes de facebook que no era bueno que la gente te viera mucho en los bares, que había que distanciarse de los fans. Es de locos. Cualquier estrategia social es comerle el lefote a Satán. Cualquier estrategia de mercado es un gran pedo opaco. En vez de quitarle capas a eso que quieres decirle al mundo y como profesional prevenir al prójimo de las aristas del oficio en común, casi cada cualquiera anda esforzándose en ponerse pellejos indestructibles.

Mientras escribía, por mi cabeza ha pasado el patrón de ciertas endogamias básicas de cualquier oficio. De cualquiera de ellos. Lo he intentado explicar otras veces pero me ha salido mal. La idea es la siguiente: Si me entra un trabajo pero no puedo atenderlo porque estoy ocupado con otra cosa se lo paso a un familiar o a un colega que yo sepa que puede hacerlo bien. Es puro tic humano. Si sois laxos con esta idea me entenderéis bien.

Por último. Hay mucha gente con la que jamás follarías de la que de alguna extraña manera eres responsable. Quizá no sea tu caso, pero créeme que lo que hacemos con esa pequeñísima parcela de poder de la que disponemos es lo que nos diferencia a los unos de los otros. Lo que hacemos con el poco dinero que nos sobra también nos define.


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