Dibujo e intimidad.

lunes, 18 de enero de 2016

Quien dibuja tiene una serie de pensamientos automáticos mientras lo hace, y si no, de tics, de cauces de asociación. ¿Por dónde van? ¿En qué orden se dan la vez? ¿Qué remite a menudo? ¿A qué sabe?

Tenía tan pocas ganas de boicotearme estas cosas publicando en Facebook que le escribí a una docena de tebeistas y dibujantes de oficio y compromiso.

En la respuesta al por mayor casi me he encontrado con que sí, con que hay un río que decide su cauce y podría ser el subconsciente de cada cual. Y no. Discrepo un poco. Sospecho que no es tan irresponsable. Teñimos el pensamiento esperando la respuesta que llega (o no, y así también) a la pregunta sobre el agravio comparativo con el resto del gremio, o si no, a la de esa voluntad de cada hijo para con lo paterno filial, o yo qué sé, amigos, de ese montón de palmadas en la espalda y aquel poder pagar lo básico, o coche y casa y vacaciones e hijos como si uno fuese un alto funcionario. Esa deriva delirante de la que quise saber no es tal cual porque va cruzada, enmascarada, torcida o incluso avanza en perpendicular a eso de dibujar mientras cada autor dibuja. El magro de cada pintamonas decide, sí, pero también se decide a sí mismo.

José Escobar dibujaba Zipi y Zape y le acompañaba su mujer tricotando. ¿O se trata de hacer lo que a uno le nazca y que te paguen como si diez multitudes lo estuvieran esperando? Don Jesucristos. Budita. Pero no. El paroxismo con mis tebeos, el mío, es la experiencia de dibujarlos sin dibujarlos. Es decir, el anteproyecto de dibujar cómics es tener la experiencia de sus entendederas sin pasar por lo mecánico.

¡Pero dibujar tebeos te mola! ¡Eres ese trance! Eso, eso. Grítate. Como Unamuno. Y sí, no creas. Es verdad. El mandala Hindú, el dibujar por dibujar. Que hacerlo nazca y muera en sí mismo y dé igual hacer un libro de matemáticas para tercero de la ESO que porno sadomasoquista para quien lo pague estupendamente. Y no, creo, porque el pretendido poema manda más allá (más acá) de lo que se está dibujando. La apisonadora de la biblioteca fértil decide sobre qué dibujar.

Soy yo y todos aquellos, o muchos, quienes a mi pregunta sobre los cauces automáticos, sobre la falta de voluntades conscientes en favor del subconsciente lamentamos a menudo que dibujar sin música ni podcast ni youtubes, en silencio, nos hace derivar rápidamente hacia el nudo, hacia la puerta mal cerrada, hacia los hijosdeputa aquellos del noselqué. Yo también. A mí también.

Hubo quien dijo (y yo lo comulgo) que la respiración, lo postural y el diálogo intimo mientras se dibuja también es dibujar; que el resultado, lo verbalizable, la explicación del cómic leído, el análisis meridiano del dibujo, incluso el dibujo en sí mismo siempre es torpe, la mitad: el residuo. Que dibujar es otra cosa y cuando es que sí y camina es lo que responde a Dios sin Él ni intermediarios en sus propios términos. Algunos rezos vívidos compensan todas las guerras mal llamadas mundiales.

Meditar voceando aquí los hábitos del dibujo en vez de ponerse a ello es llevarle un jarro de agua a un río. Así que de normal estos afectos, por favor, que no sean sintácticos ni gestuales, que sean un hecho anónimo detrás de otro. Todos. Porque, propongo, ni el trabajo ni hoy lo gris es gentrificable. Aquel tipo que te has cruzado esta tarde en silencio, de quien no te acuerdas, lo representa. Eso está virgen y nadie lo quiere. Eso creo que es Kafka. Eso es el Pessoa oficinista y su baúl de heterónimos. Eso es dibujar. Ojalá.

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