Crónicas de una librera afanzinerada. ¿Por qué cuando entras en una librería no encuentras todo lo que buscas?

lunes, 30 de marzo de 2015

Hoy voy a tratar de explicaros por qué cuando vais a una librería seguramente no encontréis todo lo que buscáis.
Este tema se me ocurrió el día en que por enésima vez alguien me respondía ah, pensaba que esto era una librería!, cuando a su pregunta sobre un determinado título yo le decía que no vendíamos ese tipo de libros. Y es que no tener un libro no significa no vender otros.
La mayoría de los que leeréis estas líneas a buen seguro sabréis diferenciar, reconocer y entender que haya librerías generales y librerías especializadas, pero el resto de los mortales a veces no concibe que en una librería haya solamente varios tipos de libros o que directamente no los haya. Y sé de lo que hablo, porque algunos incluso entran sin diferenciar una librería de una biblioteca.
Libros hay muchos y la posibilidad de tenerlos todos en un reducido espacio es prácticamente imposible así que cuando alguien decide abrir una librería desde el inicio tiene bastante claro qué tipo de libros va a querer ofrecer. Una selección personal, más o menos acertada, pero muy personal al fin y al cabo.

Ser librero implica leer mucho, de otra forma sería imposible hacer buenas recomendaciones, pero no confiéis en que todo lo que cae en nuestras manos lo leemos. Si nos dedicáramos a leer todo no podríamos gestionar la librería, y no tendríamos vida. Esperad, que esto último ya sucede :)

Aunque esto sea una biblioteca, esto es lo que realmente sucede cuando cerramos las librerías (Proyecto Reanimation Library)

Aceptando ya de entrada las limitaciones de espacio, físico, y de tiempo, para dedicar a lectura, la configuración de cada una de las librerías va tomando forma.
¿Y cómo toman forma? pues muy fácil: en primera instancia sois vosotros, los clientes, quienes configuráis la selección con lo que compráis. Y, sobretodo, con lo que no compráis.
Nosotros hacemos una selección, investigación, búsqueda y ponemos a vuestro alcance lo que creemos que os podría gustar, lo que creemos que podríais necesitar. Si acertamos, estupendo, tenemos una línea abierta para trabajar, y crecer. Si erramos, hay que reaccionar rápido, pues aquí hay poco margen de error.

En mi caso, por mi (de)formación profesional, sé de arte, arquitectura, algo de fotografía y bastante de moda, y me resulta agradable rastrear las novedades, los fondos editoriales y me encuentro cómoda aconsejando o recomendando. En diseño, por otra parte, he ido aprendiendo sobre la marcha a base de ir preguntando a cada diseñador que me he encontrado por el camino, os doy las gracias a los que me estéis leyendo.
Pero jamás hubiese podido salir adelante si no hubiese sido porque mi clientela conversa conmigo pacientemente y les pregunto qué necesitan, si el libro que se llevaron les gustó, o acertaron con el que regalaron. Vosotros sois la clave, además de la razón de ser de la librería.

A veces, por mucho que uno quiera, hay cosas que no salen, ni a tiros. Ni en años. Y justo en el momento en que lo quitas aparece alguien echándolo de menos. Es así, la ley de Murphy. De hecho, creo que debería implantarse como técnica de ventas: hacer como que lo retiras, lo devuelves, pero en realidad está en el almacén esperando el rezagado que te pregunta por el libro de color azul, con letras rojas, blanco y pequeño que había allí.
A veces, hay que reconocer que lo que a ti te gusta no le gusta a los demás y hay que cambiar de actitud. No es necesario tirar la toalla sobre el tipo de libros que quieres vender, sino ir poco a poco. Yo confío en lo que llamo “educar la vista”: poner a disposición del público un montón de publicaciones diferentes, que seguramente no habrían visto antes, y acostumbrarlos a que cada vez que vengan sea eso lo que encuentren. Para lo demás, Mastercard.
Y es que, como leí hace poco pero no me apunté la autoría de la frase (sorry): una buena librería no es aquella en la que encuentras los libros que quieres leer, sino los libros que no sabías que existían.



En segundo lugar, pero no menos importante, un tema que termina condicionando que determinadas publicaciones no estén en una librería es la distribución. Creedme si os digo que a veces, por mucho que quieras, no hay manera de traer un libro, o revista en mi caso. Es agotador el tiempo empleado a veces para nada.
Suele ser fácil hacer pedidos: llamas o escribes un correo. Normalmente recibes respuesta sobre disponibilidad o stock. Y habitualmente llegan libros en condiciones.
Pero qué pasa cuando nadie responde, nadie te atiende y nadie te informa. Pues que no hay libro en la librería.
Muchas veces buceas en los mares de grandes distribuidoras en busca y captura de títulos para enriquecer el fondo y lo que obtienes es silencio. Muchas veces recibes los pedidos por partes, sin saber cuándo recibirás el resto. Y qué me decís cuando siempre llegan cubiertos de polvo, con etiquetas de precio que ya deberían haber sido quitadas.
Como comprenderéis no podemos estar siempre pendientes de reenviar ese mail no contestado, de preguntar cuándo llegará lo que pedimos y por supuesto tampoco podemos estar limpiando libros que otros deberían haber evitado que se ensuciaran. Hacemos un montón de cosas a lo largo del día: teléfono, pedidos, mails, facturas, polvo, cajas, devoluciones, clientes, comerciales... no podemos recibir un pedido en condiciones, darlo de alta y ubicarlo en las estanterías sin más preocupaciones? ¿Es mucho pedir? ¿En serio?


Pues cuando esto sucede una y otra vez, terminas por no trabajar, o lo haces lo justo, con quien tan mal servicio te está dando. Porque al fin y al cabo, cuando mejor van las cosas es cuando hay interés y seguimiento por ambas partes.
Algunas editoriales directamente dejan de tener distribución en la ciudad, te dejan colgada a pesar de tener demanda, pero luego van a vender directamente a escuelas, universidades o ferias locales, y encima haciendo ofertas que jamás de los jamases verías en una librería. A eso lo llamo yo reírse en tu cara porque una no puede dar el servicio, solamente dar excusas, pero ellos se llevan la venta, reventando precios y menospreciando nuestro trabajo.
Será lícito, pero moralmente cuestionable, porque sin servicio, perdemos clientes. Y sin clientes, no hay librerías.
Mi última rocambolesca situación ha sido la de no poder traer una revista por no querer abrir una cuenta con la distribuidora, que me pedía aval bancario y 110 euros +iva de apertura para traer 5 ejemplares de una revista que sale 2 veces al año. La alternativa era ir un kioskero y pedirle el favor que me las trajera para mí para poder venderlas, pero claro, el kioskero lo que quería es esa clientela, y con razón. Así que yo me pregunto ¿Por qué tengo que acudir a un tercero? ¿Por qué la solución tendría que ser derivar allí a mis clientes? ¿Por qué no renegociar las condiciones? ¿Por qué impedir la venta en un sitio y obligar a que se haga en otro que no tiene demanda?
Esta inflexibilidad o escasa adaptabilidad a las nuevas formas tanto de trabajo como de venta, y de atención al cliente, está convirtiendo en una auténtica pesadilla la tarea de especializarse y diferenciarse. 

 Una termina preguntándose si al final sirve de algo.


Pues si, sí que sirve.
Sirve para que en este país haya librerías, y sitios donde se venden libros.
Sirve para que haya especialización, diferenciación y calidad en el trato, en el servicio, en la atención al cliente. Cariño y dedicación por nuestro trabajo, porque nos lo tomamos muy en serio.
Sirve para que cada uno vaya donde debe ir cuando busca una determinada publicación, libro o revista, sabiendo que será allí, y no en otro sitio, donde la encontrará.
Sirve para que, al final, triunfe la calidad y no la mediocridad.

Libros suspendidos a la entrada del Museo de Arte Moderno de Estambul



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