¿A qué esperas para Autoeditar?

jueves, 24 de marzo de 2016

Aunque llegue a parecer una cresta imposible el hecho de editar, y provoque la sensación de que sea casi inalcanzable, pese a que estemos en la época en que existe una variedad amplia de soportes y medios —porque así es, vivimos en esta era—, donde la autoedición, la gestión propia, el D.I.Y., parece que ha alcanzado su máximo esplendor.

Ya hemos superado las edades históricas donde la imposibilidad de publicar era casi inimaginable por los precios elevados, el coste de impresión casi inaccesible. Ahora no. Vivimos en la edad de la accesibilidad económica. Casi podemos hacer, por muy poco dinero, lo que nos plazca en cuanto a edición se refiere.

Antes era otra historia.

¿Conoces el caso W.W.?

El señor Walt Whitman fue un tipazo que oscilaba en el underground sin pose, no iba de nada, no se ponía máscara ni trataba de serlo, le era natural.

Si te lo imaginas, claramente llega su representación física como de uno que estaba en desacuerdo con el sistema y que su interés era el de escribir a como diera lugar, pese a que la realidad de su cotidianidad estuviera ahí presente y le obligara a buscarse la vida para cubrir gastos y pagar sus facturas. Esto mismo, le serviría como trampolín para las letras y dedicarse a escribir ensayos políticos y artículos para periódicos, una buena manera de asirse a la literatura y afianzarla como propia, a la par que sobrevivir económicamente.
Uno de los trabajos que tuvo, fue en una imprenta, que más adelante le motivaría a convertirse en periodista, por esto, se puede decir que ahí el génesis, en el oficio del que maneja la imprenta. Era un hombre proveniente de una familia pobre, sin estudios, pero con inmensas ganas de hacer lo que le salía desde dentro —idealismo trascendental—, lo que le impulsaban a seguir adelante: escribir.

Replanteando su imagen, entonces, Walt, mejor dicho, sería un tirado que lo que quería era que sus escritos se publicaran, pero por más que insistía, no lo conseguía. Ningún editor en su cabal juicio apostaría por publicar al joven Whitman, así que al no tener opción, seguía intentándolo, mientras tanto cambiando de trabajos por aburrimiento, pero sin lograr su cometido. Eso sí, era un hombre con cultura musical y de hobby optaba por la ópera, lo que le ayudó a dar el siguiente paso en cuanto a sus trabajos temporales en los que permanecía poco o casi nada: en una gala de ópera, coincidió con el dueño de un periódico importante, que le insistió trabajar para él, le ofrecía el puesto de director. Esta vez no se opuso y ahí estaba, primero cambió de ciudad y luego, Walt, ese entusiasta Walt dirigiendo un periódico. Pero como era de esperar, este trabajo también le duró poco, ya que sus ideales (así es, el muy underground no se bajaba de la puta burra), le hicieron cambiar de opinión con respecto a los argumentos del periódico y en poco tiempo decidió dejarlo y continuar con sus historias, que no serían otras que publicar, quería dedicarse a lo suyo y nada más.

No se daba por vencido, pero supo que si una editorial no lo quería (y esto es una buena forma de ver el mundo), no era el fin, ni el de hacer públicas sus ideas; él quería editar sus textos y por muchos que dijeran «no», no cedería a la derrota.

En 1855, Walt Whitman se autopublica su libro: Leaves of grass, y como era de esperar, se lo comió casi entero. Pero lo hizo, optó por la autoedición pese a las limitantes, luchó contra el sistema al que se le sometía.


Al parecer una derrota se posaba sobre Walt, pero esto no lo detuvo y reeditó y volvió a reeditar corrigiendo, y siguió así, en la búsqueda de sus letras, en lo que le motivaba a seguir haciendo de su vida un camino. No se detuvo y casi toda su vida continuó con ello.

Estamos en otra época, donde la facilidad de edición está en nuestra mano. Ahora no hay pretexto, no lo hubo antes y seguramente no lo hay ahora. 

¿A qué esperas?

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